Perdidos
Terminé la meditación el 23 de marzo. Sigo despertándome muy temprano en la madrugada como si todavía tuviera que ir. He meditado y hecho mi rutina a diario, a excepción de un par de días con motivo de mi cumpleaños.
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Mi clase de yoga es el único lugar de aprendizaje al que he concurrido, en toda mi vida, en el que no hay reglas, no unas explícitas, unas cuyo rompimiento impliquen un castigo. Tampoco hay notas, ni quienes vigilen lo que hacemos, ni “los mejores de la clase”, ni premios, reconocimientos verbales o de alguna otra especie entre quienes asistimos. No se promueve la competencia ni el sentido de hacer las cosas mejor o peor que otros.
Parecemos regirnos por un acuerdo tácito acerca de lo que está bien y mal sobre la forma de comportarnos respecto a otros.
En lo que tiene que ver con nuestro progreso (noción que bien puede ser contraria al espíritu mismo de esta disciplina) solo cada uno está (o debería estar) realmente atento a lo que sucede consigo mismo y creo que es en parte el sentido de hacer la práctica con los ojos cerrados.
No hay claridad tampoco sobre las “pruebas” que a la postre nos definirán un día como yoguis. Hay tareas frecuentes, como tratar de dejar algún mal hábito, asumir actitudes de compra consciente, pensar sobre cosas que queremos cambiar pero que nos cuesta mucho. Pensar sobre las cosas que decimos, por qué y cómo las decimos. Luego anotamos en una libreta y alguien algún día lo mirará.
Durante la clase podemos dormir, acostarnos, irnos, volver, hacer cara de aburridos, bostezar, comer. Somos tratados como los adultos que somos.
Mi clase de yoga es uno de los lugares más confortables de la tierra. Nadie sube la voz. No hay regaños. No hay reprimendas. No hay castigos. No hay exigencias. No hay consecuencias de lo que se hace o se deja de hacer. Salvo las que cada quien se impone.
Es como ser uno su propio maestro.
Todavía no sé si eso es fácil o difícil, pero me gusta mucho más que tener a alguien enfrente con alguna clase de poder sobre mí.
Mi clase de yoga es quizás el único lugar de la tierra en donde no siento la obligación de ser por o para otros, al menos en ese sentido tan extendido de “demostrar” todo lo que somos, tenemos y podemos frente a los demás.
Me gusta mucho estar ahí, entre un montón de gente que está buscándose a sí misma.
Día 7. Este es el único de los siete mantras que todavía no me sé. Es una de mis tareas para esta última semana de meditación. Hay muchas versiones. Esta es una de las que más me gusta.
Día 9: Mi música
Words are flowing out like endless rain into a paper cup
They slither wildly as they slip away across the universe
Pools of sorrow, waves of joy are drifting through my open mind
Possessing and caressing me
Jai Guru Deva om
Estoy feliz.
No hay mucho que decir, salvo que yo estaba al frente hoy , diciendo qué hacer y cuándo: pierna derecha arriba, respiración de fuego, retener, inhalar, exhalar, perfeccionar, soltar, descansar sobre la espalda, ahora vamos a la vela.
Empecé muy puntual a las 4:30 y acabé a las 6:30. Pude llegar a tiempo gracias a Miguel, quien me hospedó en su casa, que es muy cerca de mi academia, me dejó bañar y hasta me prestó su crema dental. Una cama, sábanas y cobijas. Dormí poco porque me puse ansiosa. Siempre me pasa.
Desde que empecé a hacer yoga quise hacer alguna kriya con música de The Beatles. Aproveché que dirigiría hoy la meditación y preparé un pequeño playlist para acompañar la rutina física, que dura exactamente 40 minutos.
Mientras subíamos los brazos, los bajábamos, elevábamos las piernas, y nos poníamos patas arriba sonó While My Guitar Gently Weeps en la versión de Harrison, Here Comes The Sun, My Sweet Lord, Across The Universe, Blackbird y Free as a Bird.
Escuché algunas voces cantando suavemente mientras tanto.
Luego cantamos los 7 mantras de siempre. De nuevo se me dio el asunto de los 22 minutos. Entonces no asistimos a la realización de un milagro. Es el cuerpo que aprende y se acostumbra. Hice también una selección con las versiones de los mantras que mas me gustan.
Al final de todo, cuando cerramos la sesión y alistábamos nuestros corotos, sonó Ask de The Smiths (una de mis canciones favoritas de todos los tiempos) y Hope of Deliverance, de McCartney.
Muchas personas se acercaron a decirme que les gustó bastante la música. La primera: una señora que el otro día me pareció antipática antipática. Dijo ¡me encantó tú música! y luego uno tras otro se acercaron a decir ¡me gustó tu música! o en su defecto ¡me encantó tú música! y entonces me quedé pensando que así debo sonar yo, o así quiero sonar yo. Que esa de verdad es mi música.
Se acercó Leith, la irlandesa, a decir lo mismo y algo mas: ¡y al final The Smiths! También Gema y muchos otros a quienes no les sé el nombre.
Salí muy contenta. Todo salió perfecto perfecto, como hacía mucho tiempo no. Me gustó hacerlo, prepararlo, y a los demás les gustó el resultado. Necesito hacer más cosas de esas que uno hace con tanto gusto y que por eso salen tan bien.
No me canso de decir que a las cosas se les nota el amor con el que están hechas.
Luego salí y había lluvia en la calle.
A este día lo único que le hace falta un helado.
Día 10: mala vida
Ayer recibí una llamada a las dos de la tarde y desde ese momento me di muy mala vida. Fumé, no comí, me dolió la cabeza, acumulé mucha tensión en la espalda, tuve ansiedad, me dormí tarde viendo una película dramática sobre un niño genio y su papá, quien murió el 11 de septiembre en las Torres. Me desperté con el mismo dolor de cabeza y malestar.
Esta mañana me recogieron muy tarde. Estuve esperando a que pasaran por mí desde las 4:15 hasta las 4:40 en la Vía Bogotá- La Calera, sentada en la oscuridad, acompañada del perro que sale detrás de mí cada mañana. No hace frío a esa hora, o al menos nada comparable con el que se siente algunas tardes y noches. Estaba muy bonito el cielo. Pensé en desistir y devolverme a la casa a meditar desde allá, pero necesitaba venir hoy a la clase. Esperé.
Al fin llegaron, me despedí del perro, le di las gracias por la compañía y me subí al carro.
Llegué a la academia a las 5:05, ya un poco avanzada la rutina física. Me incorporé muy rápido y luego a meditar. Las cosas volvieron a estar bien con el asunto de los 22 minutos, otra vez nada dolió, otra vez sin esfuerzos espectaculares. Se siente bien mirar apenas unas semanas atrás en el tiempo y recordar que el primer día ni siquiera podía hacer la postura, ni bien ni mal. Me gusta ver avanzar las cosas así de rápido. Me motiva.
Eso sí, la pierna se durmió mucho y en un momento me dio una paranoia pequeña ¡¿qué tal se me dañe la pierna?! No se dañó. Cuando acabamos le hice terapia de choque para que volviera pronto a la normalidad.
Al finalizar la clase Alejandra copió en mi USB todo lo que necesito para dirigir la meditación mañana. Ayer lavé la ropa que usaré. Al final de la meditación quiero poner esta canción.
Acabo de comer algo de fruta, ya no me duele la cabeza, no tengo tensión en la espalda y me siento mucho mejor.
No estoy hecha para la mala vida.
Mañana es 15. El día de los idus de marzo.
Día 11: la virtud de la no lucha
Un buen soldado nunca es agresivo; un buen guerrero nunca es irascible.
La mejor manera de conquistar a un enemigo es ganarle sin enfrentarse a él.
La mejor manera de emplear a alguien es servir bajo sus órdenes.
¡A esto se llama la virtud de la no-lucha!
¡A esto se llama emplear las capacidades de los hombres!
¡A esto se llama estar casado con el Cielo desde siempre!
Tao Te King
Llevo muchos días sin escribir acá. No lo siento como un deber incumplido, sólo no he tenido ganas de hacerlo. Faltan apenas 10 días para completar la misión y, como en una competencia atlética, sé que el punto en el que era posible abandonar ya fue superado.
Ayer fue quizás el día en el que me sentí más propensa. Tuve mucha pereza en la mañana y pensé en dejarlo para después, a otra hora del día. Recordé a mis profesores hablando de las trampas que pone la mente para eso de posponer. Por eso, aunque haya sido mediocremente, hice la meditación, porque la posibilidad de un después podría convertirse en un nunca y habría tirado a la caneca el esfuerzo de un mes.
Después de 30 días en lo mismo siento un poco de agotamiento, no físico, sino más bien mental. Me siento como viviendo en el día de la marmota, como en un kilómetro 15 en una media maratón. Parece que nunca se acaba y que permaneceré por toda la eternidad con la sensación de estar remando en mares de mermelada. Un eterno ahora, que en todo caso está muy en el espíritu del yoga: acá, ahora, un paso a la vez.
Durante estos 30 días he tenido un par de bajones serios en mi estado de ánimo. En los dos casos al día siguiente he sentido haber hecho las cosas muy bien en la meditación, como si después de llegar muy abajo un resorte me mandara con fuerza muy alto de nuevo.
Aún hay un par de cosas que me cuestan trabajo: la primera, un ejercicio de la kriya (rutina física) que es, sin tanta explicación, un abdominal. Ya puedo hacerlo durante el tiempo de rigor, aunque siempre en el punto de agotamiento. Siempre pidiendo cacao.
La segunda, mantener la postura durante los 22 minutos del sexto mantra. Solo lo he logrado en dos ocasiones. Justo al día siguiente de haberme sentido notablemente mal.
Uno de esos días fue hoy, pero fue diferente a la primera vez, en la que luché, me mordí los dedos, sufrí y sudé.
Hoy ensayé a poner en práctica una técnica de la que me han hablado en clase. Se trata de no luchar. De ceder el peso del cuerpo, de dejarse ir, como el astronauta de la mochila. Rendirse premeditadamente. Hacerse liviano.
Hoy no hubo dolor, esfuerzos notables, ni siquiera dificultad al deshacer la postura. Apenas el cosquilleo, parecido al dolor pero que da risa, cuando la circulación se ha cortado y vuelve. La sensación de la sangre andando de nuevo sin esfuerzos.
Hoy no pensé en cosas cosas muy fuertes, ni invoqué animales sentados sobre sus patas traseras para lograrlo. Más bien me imaginé ser un helado que se derrite o una hoja llevada por el viento.
Puse en práctica la virtud de la no lucha, esa de la que se habla en el Tao. Funcionó.
Como siempre: lo intentaré en otros aspectos de la vida. Rendirse. No pelear. No oponer resistencia. Amistarse con la gravedad y dejarse ir, como el astronauta de la mochila.
Flotar y confiar. Cantar mientras tanto.
Día 23: Wāhegurū
Waheguru (Punjabi: ਵਾਹਿਗੁਰੂ, Wāhegurū or ਵਾਹਿਗੁਰੂ, Wāhegurū; also transliterated as Vahiguru) is a term most often used in Sikhism to refer to God, the Supreme Being or the creator of all. It means “Wonderful Teacher” in the Punjabi language, but in this case is used to refer to God. Wahi means “wonderful” (a Middle Persian borrowing) and “Guru” (Sanskrit: गुरु) is a term denoting “teacher”. Waheguru is also described by some as an experience of ecstasy which is beyond all descriptions.
Ayer en la mañana, al terminar la meditación, hablé un rato con Sharon. Es de New Jersey, pero vive hace ocho años en Colombia. Siento alguna comunión con ella porque es piernona y caderona, como yo. Me dijo que desde que empezamos la sadhana ha estado muy enferma, ha tenido diarrea, gripa, dolores de cabeza. Pero que su estado de ánimo está de maravilla. Yo le dije que, por el contrario, físicamente me sentía muy bien, pero que mi ánimo decaía considerablemente. No el ánimo para ir cada mañana, sino mi ánimo, en general.
Me preguntó de qué signo soy y me dijo soy del mismo. Cumple años el 14 de abril. Creo. Me dijo: no es fácil ser de aries y luego preguntó mi ascendente y le dije no tengo idea aunque creo que nací a las seis de la mañana.
Ayer por la tarde me aburrí mucho. Me puse más que triste y lloré y lloré, mientras repetía que los anteriores cinco años eran una equivocación, resultado de las equivocaciones de los cinco años anteriores, y así, en una infinita cadena de autoflagelación, sumando lustros y errores acumulados sobre errores, que acaban en alguna imagen a mis siete años, en donde siento que la vida todavía no era un error.
Me acordé del post de Javier por su cumpleaños. Me acordé de Oscar diciéndome no sé qué pasó durante los anteriores diez años.
Y eso que ellos han hecho las cosas como se deben hacer. Pensar en ellos me hace sentar a preguntarme qué es peor: caer en cuenta de que los años, cuantos sean, han sido una equivocación, aún habiendo hecho lo que se presume correcto.
O pensar que los años, cuantos sean, han sido una equivocación por no haber hecho lo que se presume correcto. Ese es mi caso. Creo que siempre hago todo lo que no hay que hacer, vivo confundida entre lo que quiero con locura, lo que creo que debo hacer, y lo que en últimas puedo hacer, siempre signada por el miedo a que vuelva a fallar, una y otra vez, y de tener que volverme a sentar en cinco años con mi torre de pizzas/dañadas/años de equivocaciones a llorar de nuevo.
Lloré mucho por la tarde. Iván me dijo que comiera chocolate y yo dije que no, que lloraría hasta derretirme o desintegrarme, hasta que los ojos se me pusieran más pequeños aún, de tanto llorar. Me dormí llorando, no sin antes haber dicho unas 250 mil veces que todo es un rotundo fracaso.
Hoy la Sadhana estuvo dirigida por Diego. De estatura mediana, con la complexión perfecta del yogui, delgado, casi muy delgado, con músculos definidos pero no inflados. De voz muy gruesa. Ojos y pelo negro. Barba. Churro.
Llegué y como siempre había un lugar junto a Blanca, la persona que evito y a la vez busco en mi clase. Antes de quitarme las medias pensé que iba a hacer mi práctica muy bien y que dedicaría mi esfuerzo del día a todas las personas que quiero.
Canté parte del Japji sahib y pensé que tengo que aprendérmelo y estudiar un poco más de qué se trata.
Luego vino la kriya que fluyó muy bien, hice una vela muy bonita y casi recta, estuve atenta a incorporarme rápido a cada asana. Asana quiere decir “asiento”.
In the Yoga sutras, Patanjali suggests that asana is “to be seated in a position that is firm, but relaxed” for extended, or timeless periods.

Siento que fui un poco más allá en Paschimottasana, y por eso ahora mismo tengo dolor abdominal y quizás mañana andaré un poco chueca. Ya casi logro poner la frente sobre las piernas. Mi espalda es muy rígida.
Luego, como siempre, llegaron los mantras. Siete. Uno tras otro. Cada uno durante siete minutos, en postura fácil (sukhasana). Excepto el sexto mantra el Waheguru, que va durante 22 minutos y que solo repite wahe guru wahe guru wahe guru wahe io. No se hace en sukhasana, sino en una variante de Vrajasana: sentarse sobre el talón izquierdo puesto entre los isquiones y con la pierna derecha adelante, doblada hacia el cuerpo.
Hasta ahora había podido mantener la postura durante 10 o 15 minutos. Un poco de descanso y quizás volver a hacerla. Hoy quise intentar mantenerla durante los 22 minutos seguidos. Dolió (el dolor empieza alrededor de los 10 minutos) se durmió la pierna, se durmió todavía más, dolió y dolió, pero pensé que iba a aguantar.
Y me agarré las manos con fuerza, y me abracé, y pensé en camellos y elefantes sentados sobre sus patas para poderme mantener, y bajé mi cabeza mucho (consecuencia del dolor) y ya casi quería morder un cojín o morderme los dedos, hasta que se completaron los 22 minutos. Sudé mucho.
Traté de reincorporarme rápidamente en sukhasana, pero reacomodarme tomó más que los cinco minutos que dura el último mantra. La pierna dolía hasta la risa, tenía un cosquilleo que me hacía dar ganas de reírme o gritar. Fue sin embargo una sensación placentera: la del esfuerzo dedicado, la de la tarea cumplida. La de “hay una cosa en el mundo que puedo hacer bien”.
Acabó la sesión. Diego puso esta canción, que me gusta mucho, porque es muy yogi eso de amar la trama y no el desenlace. La canté mientras arreglaba mi maleta.
Me gusta sobre todo cuando dice:
dos caminantes distraídos
han conseguido que el reloj de arena
de la pena pare
que se despedace
Al salir hablé otro poco con Sharon. Le agradecí a Diego por la sesión. Recogí mis asuntos, salí a la calle a comerme mi arepa de todos los días y mi jugo de naranja. Ya me conocen, me tratan con familiaridad y me dicen ¿sólo huevo, cierto? Y la muchacha del jugo ya sabe que tomo uno de 1.200. Hoy me dijo tómese un poco antes de irse para darle la ñapa.
Ha sido mi mejor día en la meditación. Mientras canté el waheguru pensé en el sentido de la palabra yoga, que se supone quiere decir unión. Yo pensé hoy que yoga es también aprender a tocar a otros. Con amor. Delicadamente. Siempre.
Estuve contenta por haber dedicado mi esfuerzo de hoy a la gente que quiero. Y claro, me acordé de Andrés. Hoy es su cumpleaños. Nos divertimos montones la última vez que lo celebramos juntos.
February 28, 2013 at 12:38pm
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Vamos
En esa época yo vivía con Sofía en La Macarena. Trabajaba en una agencia de relaciones públicas. Los sábados los dedicaba a consentir a Linus, estarme en la cama mucho rato, ver alguna película y salir a algún restaurante a comer.
Sofía en las mañanas se iba a clase de yoga. A veces, cuando me dolía la espalda o la cabeza -era la época de las migrañas insoportables- me recomendaba dos o tres ejercicios para controlarlo. Para que no me tomara mi afamado coctel de dolex forte x 2 o x 3 o x 4 o lo que fuera necesario para que desapareciera.
Un sábado me invitó a su clase y yo dije vamos, que es una de las expresiones más bonitas que puede aparecer entre dos personas.
¡Vamos!
Hice ejercicios que me parecieron muy agotadores. Los sábados la clase es de Big Kundalini, o sea más larga e intensa que las que se ofrecen entre semana. Yo entendía poco de eso. Al comienzo cantaron, a mi me dio risa, risa colegial, pero traté de entrar rápido en contexto.
Era mayo y se celebraba el día de la madre. La sesión estaba preparada para madres con sus hijos. Al final de la práctica, como siempre, una meditación. Por ser esa fecha especial la meditación iba en parejas.
Consistía en sentarse en postura fácil delante de la otra persona. Poner la mano izquierda en el corazón del otro. Mirarse fijamente a los ojos durante diez minutos. Sin despegar la mirada un instante. Con Sofía nos reímos, lloramos, nos volvimos a reír y no entendíamos nada de lo que pasaba. Súbitamente disparadas a una emocionalidad más o menos descontrolada, por el hecho aparentemente simple de mirarnos a los ojos sin parar.
Después de esa primera vez he hecho varias veces meditaciones de este mismo estilo. Algún ejercicio en el que se mira a y se toca a otro. El mandato es no dejar de mirarlo ni un momento. De esa mirada depende el orden del cosmos.
La segunda vez fue con Emilia, una señora cerca de los 60 años, de voz muy dulce. Le dije que su nombre era muy bonito. Al meditar con ella volví a ver los ojos de Sofía, quien para entonces ya estaba en Manchester. Y lloré. Descontroladamente.
Luego medité con Joanna. Sus ojos me parecieron oscuros y tristes. Sentí que le pasaban cosas tremendas, que miraba a un abismo oscuro. Vi miedo y tuve miedo.
La última vez fue en noviembre, durante el retiro, con Blanca. No quería meditar con ella y tuve que hacerlo durante todo un día. No sé si me cae bien o mal. De alguna manera siempre aparece a mi lado o está junto a mí. Tanto más la evito, tanto más está.
Esa vez no vi nada, pero sentí mucha fuerza. Era como mirar un par de aceitunas negras y nada más. Tuve que hacer ejercicios que eran muy difíciles para mí, que me desesperaron y me hicieron ir un rato a rumiar mi rabia en soledad. Sentí que me sostuvo con su mirada todo el tiempo que pudo. No lloré. Me pareció que en su mirada no se entraba fácil, que era fuerte, que había vivido mucho. Que era fuerte de una manera en que yo no podía serlo.
Siempre he querido preguntarles qué vieron ellas en mis ojos. Nunca me he atrevido. Como tampoco me he atrevido, aunque haya querido, a meditar con Carlos Gárnica, a quien ni siquiera le he dirigido la palabra. Ni una sola vez en un año. Hay algo en su cara y especialmente en sus ojos que me gusta mucho. Algo infantil y gracioso. Debe tener tantos años como yo. Le falta un brazo.
Al tiempo, al volver a hablar con Sofía me dijo: Ale, yo creí que a usted eso de hacer yoga no le iba a gustar. Por eso dudé tanto en invitarla.
Día 24: Anahata
The literal sense of word “anahata” is unstruck or unbeaten.
The Heart Chakra is of great importance in kundalini yoga as kundalini stays in this chakra for a long time. When you reaches anahata chakra only then you become a yogi. Untill then, when you are in muladhara, Sacral or Solar Plexus chakra, you are a Yoga practitioner.
El cuarto chakra, el corazón. Representado por una flor verde de doce pétalos. Sobre cada pétalo una palabra.
kam
kham
gam
gham
ngam
cham
chham
jam
jham
nyam
tam
tham
Lujuria. Engaño. Indecisión. Arrepentimiento. Esperanza. Ansiedad. Nostalgia. Imparcialidad. Arrogancia. Incompetencia. Discriminación. Osadía.
Doce vrittis.
Vritti, in the context of Hinduism and yoga, is the name given to different tendencies, or psycho-physical propensities, which give scope for the mind to express a variety of feelings and emotions. Hindu texts describe vritties to be a result of past actions and experiences that have left an imprint on the mind. The expression of vritties gives rise to the behaviour that makes each person unique: their desires and repulsions, their predispositions and complexes.
Hoy la música que sonaba repetía la palabra corazón muchas veces. No recuerdo mucho más de la letra.
No sé si estoy despierta o dormida mientras medito.
El corazón es el órgano más importante de un yogui. A través de él encuentra su devoción, es decir aquellas acciones que puede ejecutar por la alegría de hacerlas. Lo que hace porque le gusta. El órgano a través del cual es posible servir a los demás. Ese gracias al cual puede eliminarse la dualidad de la mente.
Hacemos ejercicios algunas veces para aprender a mantener alineados corazón, cabeza y pelvis. Así estemos de pie, acostados o sentados.
La cabeza sigue al corazón y no al contrario. Es el mandato.
Quienes me conocen saben que camino inclinada hacia adelante, como llevada por mi cabeza. Que cuando me siento la cabeza está hacia adelante.
He empezado a ser más consciente de esto. Entonces me siento cada mañana a meditar en postura fácil y cuando creo que estoy derecha recuerdo que debo ir un poco más hacia atrás, ahí en donde me cuesta tanto estar. Será cuestión de acostumbrarme.
Es difícil para mí hacer los ejercicios que impliquen “abrir el pecho”, se siente casi como si estuviera petrificado. También es difícil llevar mi cabeza atrás cuando estoy de pie. Creo que pienso mucho, lo que no es igual a pensar bien. Dar, en muchas ocasiones, me hace sentir horriblemente vulnerable.
Sé que tengo un lío grande ahí, en el corazón. Se siente a ratos como ser un arqueólogo buscando “algo” debajo de mucha roca endurecida. Algunas mañanas lo encuentro, alcanzo a verlo. Pero se vuelve a esconder.

February 27, 2013 at 10:20am
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Día 25 : Dear Prudence
Dear Prudence open up your eyes
Dear Prudence see the sunny skies
The wind is low the birds will sing
That you are part of everything
Dear Prudence won’t you open up your eyes?
Este es el título de una canción de los Beatles. Habla de Prudence Farrow, quien viajó con ellos a India en 1968 para meditar, junto con otro poco de cantantes en la onda de la paz y el amor. Ella se tomó muy en serio lo de la meditación y, dice Wikipedia, no salía de su cuarto. Solo meditaba.
Muy preocupado Lennon decide escribirle una canción (según recuerdo la favorita de Bernal) que dice: Dear Prudence, open up your eyes. The sky is blue The sun is up, the sky is blue, it’s beautiful, and so are you
Look around round round
Look around round round
Oh look around
He tenido esta canción los anteriores días en mi cabeza. Ya conocía la historia. Y aparece acá porque es más o menos como me siento. Aunque no medito todo el día como Prudence, pero parece que las dos horas diarias bastan para mantenerme en cierto estado de enajenación.
No he podido escribir acá. No tanto porque no pueda pueda, sino más bien porque no quiero. Porque tengo pocas ganas de hablar. Como esa vez que fumé marihuana en la universidad: Esa sensación de que hablar era innecesario, de que todo lo que escuchaba era tonto, en la misma medida en que era tonto abrir la boca para decir cualquier cosa.
Lo tonto no era lo dicho sino más bien haber querido decir algo.
Pocas cosas, más bien solo una, ha logrado sacarme de ese estado durante los anteriores días. Siento una escasa preocupación por casi todo, como si de repente se me hubiese ocurrido que nada es suficientemente grave. No sé si me aburro, si estoy tranquila o si sueño despierta.
Me preocupa un poco esta sensación de querer estar aislada, encerrada, como si me estuviera recubriendo de un material que me hace resistente o ajena a todo. También he estado especialmente sensible hacia la agresividad de la gente en la calle. Me parece más aberrante que de costumbre.
Empecé este blog diciendo que lo más difícil iba a ser encontrar una forma de llegar cada día a las 4:30. Y no. Hasta ahora lo que más me cuesta, cada día un poquito más, es salir de la cama a la hora indicada. Así haya dormido las horas necesarias (digamos unas 7) levantarse es cada día más complicado. Me baño la noche anterior para poder dormir así sea 10 minutos más, contraviniendo la indicación de ir recién bañada a clase.
No sé si tengo sueño o creo que debo tener sueño por levantarme tan temprano. Así como a veces no sé si la gente está triste o cree que debe estar triste. Si está brava o cree que debe estar brava, todo dentro de un marco de conductas aprendidas sobre las que se reflexiona poco.
Si miro atrás la semana y media anterior está registrándose en mi cabeza como el tránsito por un túnel oscuro. Como esa vez que visité Chingaza y me dejaron entrar por entre los tubos gigantes que llevan al fondo de alguna cosa en donde se trata el agua. Solo que no tengo miedo o desesperación, como suele ocurrir cuando entro por un túnel. Es más bien esa sensación de no poder ver lo que pasa afuera. De no querer.
He dedicado el tiempo de la meditación a tres cosas.
En primer lugar, tratar de concentrarme en alguna cosa puntual, así sea la arepa con huevos que me espera a la salida de la clase y que ya es un hábito formado. He meditado en las nubes, viéndolas pasar, e imaginándome que cada una es uno de tantos pensamientos que aparecen. Yo los dejo pasar.
Pero no dejan de aparecer como si la cabeza fuera una gran boca mecánica que vomita y vomita basura.
También he hecho el ejercicio contrario: no dejarlos pasar sino más bien convocarlos a todos. Son tantos que tratan de salir como gente ansiosa tras un concierto multitudinario.
He meditado en elefantes que van en fila, tomados de sus colas y sus trompas, como en El Libro de La Selva. He meditado en semillas de diente de león que flotan sin orden aparente. He meditado en la nieve, he meditado cuasidesnuda encima de una enorme roca frente a un mar de nubes como en una versión propia del caminante sobre el mar de niebla. He meditado en la punta de un rama de un enorme árbol. No he vuelto a pasar por mi infancia.
Segunda cosa. He tratado de prestar atención a quien dirige la clase cada día. Cuáles cosas me gustan y no . Cómo quiero ser cuando sea profesora.
Hasta ahora mi clase favorita ha sido la dirigida por Mauricio, uno de los pocos hombres que está en el grupo. Apenas tres o cuatro, todos guapísimos, con pinta de modelos de Calvin Klein. A Mauricio lo veía a veces cuando iba a clases a La Macarena. Dirigió la sadhana el sábado pasado. Me gustó su naturalidad. Su falta de afectación. Su frescura. Su ligereza. El tono de su voz. Su sonrisa. Su tranquilidad.
Quiero ser como él.
No tuvimos música ese día. A él le pareció que estaría bien y sin decir nada llevó la clase de esa forma. También le pareció así a Blanca, quien dirigió algún otro día, pero dando mil explicaciones, que a mí me molestaron bastante, sobre las razones por las que no tendríamos música. Me pareció que improvisaba y hablaba más de lo necesario y me molesté. Decidí dormir ese día.
También hemos tenido música en vivo. Hay un par de cantantes profesionales en el grupo y hay un armonio que tocan de cuando en vez. Quizás dentro de poco me toque dirigir la sadhana a mí. No sé si quiera hacerlo. Por ahora lo evitaré cuanto pueda, por ninguna razón en particular. Solo: no quiero.
Por último: ejercitar cuanto pueda mi flexibilidad. Es en lo que más me concentro. Duele y cansa. Duele mientras se intenta. Se siente un agotamiento enorme después, durante el día, el agotamiento propio de cosas que nunca se han hecho, como estirar los tendones. Es un cansancio parecido a la liviandad previa al sueño. Como si las piernas estuvieran muy acostumbradas a ser pesadas y de pronto se sienten como un poco de algodón.
He sentido dolor en el nervio ciático y en mi rodilla derecha. Eventualmente en el tobillo lesionado. Sin embargo ya puedo hacer casi todo, incluso sentarme sobre él durante 10 o 15 de los 22 minutos que debemos meditar en el Wahe Guru. También puedo hacer muchas ranas seguidas. Hoy hice 26. Antes estaba rendida en la sexta o séptima. Creo que mis tendones se están fortaleciendo y por eso puedo hacerlas mejor.
Pienso mucho en la escasa relación que tenemos con nuestro cuerpo. En como hay gente que se pasa una vida sin enterarse de lo que tiene adentro y de lo que en suma es, pues uno es mucho más materia que espíritu, si se le mira objetivamente.
También he tenido que dormir varias veces en la sesión durante los días anteriores. Canto el Japji Sahib, hago la rutina física, siempre completa. Empiezo a cantar los mantras, debo dormir durante uno o dos pues el sueño me vence -unos 15 o 20 minutos- que sin embargo son tremendamente reparadores, tras lo que me despierto para acabar la meditación. Salgo de la academia y tengo una sensación de bienestar físico que es la que quiero tener siempre. De la cabeza, en cambio, no me siento tan bien.
Toma 40 días establecer un habito, 90 días confirmarlo. 120 días alcanzar la maestría.
Ya empiezo a sentir algo de ese hábito formado, pienso en el futuro y me parece imposible andar por el mundo de otra forma que no sea con este bienestar físico encima. Con esa sensación de estar desengarrotándome.
Tras todos estos días siento el progreso, aunque se supone que no debería pensarlo. Faltan aún tres semanas. Creo que cuando acabe la tercera será ya imposible abandonar, así como cuando se pasa cierto kilómetro en una competencia atlética: se ha pasado un umbral de cansancio o dolor y uno podría quedarse así por toda la eternidad. O sea: el acto propiamente dicho de meditar.
No sé si estoy cansada o si creo que debo estarlo.
El domingo anterior medité sola, en la casa de mi mamá. Fue raro escucharme cantar pero disfruté más que de costumbre la práctica física. La noche anterior soñé que me encontraba con Andrés y le decía: “no he vuelto a ser feliz”. Me puso muy triste ese sueño y cada vez que me acuerdo me dan ganas de llorar. No sé si es verdad que no he vuelto a ser feliz o si más bien cargo con la pena de no haberle dicho nunca que fui muy feliz con él.
Siento que por estos días solo quiero estar en donde nada se sienta como una obligación, una exigencia o un deber. He tratado de limitar mis horas frente al computador y siento que quiero dejar de usarlo del todo en el futuro.
He estado mucho en la ciudad. Me arreglo poco, apenas me baño a diario, me peino y me pongo bloqueador solar. Como si me hubiera cansado tanto de tener que hacer cosas por mandato o exigencia de otros que estuviera haciendo lo exactamente opuesto.
Como si además de no querer ver, no quisiera ser vista.
Dear Prudence, open up your eyes.
Look around round round
Look around round round
Oh look around
February 18, 2013 at 8:26am
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Día 36 : Prasād
El sábado, a todo lo que hacemos siempre, se sumó el prasad. Entre semana no lo hacemos porque no hay tiempo. Es una ceremonia adicional al Japji Sahib, la Kriya y la sadhana. Se trata de preparar, repartir y comer prasad, una clase de masa preparada con harina integral, ghee y agua.
Como en muchos ritos: música y comida.
Hace unos días explicaron cómo se hace pero no puse cuidado. Si uno quiere puede venir muy temprano a aprender a prepararlo. Me gusta la traducción al inglés de prasad: gracious gift.
La primera vez que recibí el prasad lo pasé mal. Nos dijeron que nos mantuviéramos en postura fácil, con las manos abiertas y los ojos cerrados. Entonces una masa caliente cayó en mis manos y tuve una sensación espantosa, pues lo primero que me imaginé es que me había caído un coágulo de sangre entre las manos.
Abrí los ojos y era una bolita café, como una arepa pero en forma de bola, que no sabía mal, pero que me produjo una enorme sensación de malestar. Casi casi como asco. No supe si por caer desde arriba y sentir que me tiraban comida, como a un mendigo, o por la imagen mental que me formé cuando lo sentí entre mis manos. O por las dos.
Muchos de los ejercicios de yoga kundalini implican reverencias o llevar la cabeza hacia el piso: ejercitar la humildad, llevar la cabeza por debajo de todos los demás órganos vitales, dominar el ego. Son ejercicios que me cuestan mucho trabajo, aunque cada vez menos.
Desde entonces he recibido el prasad unas cuatro o cinco veces. El del sábado me pareció mejor que de costumbre, ya no me da asco, ya no me siento mal porque caiga desde arriba, sin embargo sigue siendo un rito al que no me acostumbro del todo.
Al final de todo sonó All you need is love.
Luego me encontré con Laura. No nos veíamos desde hace un buen tiempo. Comimos, hablamos, nos reímos y luego nos despedimos.
Subí al bus y sentí un sueño impresionante. Un sueño como de toda la vida. Un sueño embriagador. Un sueño que no había sentido nunca. Un sueño que me tiró a dormir toda la tarde y toda la noche.
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